¿Cómo gestionar los miedos infantiles?

El miedo es una respuesta emocional inicialmente adaptativa, un impulso a actuar, una condición psicológica-biológica de respuesta (Caballo et al.; 2006; Siegel 1999) que surge cuando nos sentimos en peligro, independientemente de que se trate de una amenaza real o imaginaria.

El miedo es una emoción presente a lo largo de toda la vida aunque se tiende a expresar de forma más frecuente en la infancia y la pre-adolescencia. Esto probablemente se relaciona con el hecho de que los niños y los más jóvenes tienen un menor conocimiento del entorno, menos experiencias y esto puede provocar más situaciones en las que experimentar esta emoción.

Por otro lado una fobia es un miedo intenso, exagerado, irracional y sin motivación aparente ante situaciones, objetos o acciones. Implica estrategias de evitación de la situación temida y búsqueda apoyo. No se producen por experiencias traumáticas con el objeto temido y, en las etapas infantil y adolescente, los casos valorados como clínicamente significativos se encuentran alrededor de un 3% (McCabe et al., 2005; Beltrán, 2014).

Sobre la base de estas observaciones, distintas investigaciones han catalogado los miedos infantiles normales (no patológicos como sería el caso de las fobias) según sus características de transitoriedad, levedad y carácter evolutivo (Beltrán, 2014).


 Transitoriedad y carácter evolutivo del miedo

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Distintas investigaciones indican que los miedos infantiles normales tienden a disminuir  y cambiar a lo largo de la niñez por factores madurativos (Caballo et al., 2006; Valiente et al., 2003), debido al aumento de experiencias vividas o por diferentes demandas del ambiente (Pelenchano, 1981).

De esta manera el tipo de miedo puede variar según la edad, evolucionando desde temor a estímulos físicos o desconocidos (ruidos, oscuridad, animales, etc.) hasta miedos más sociales y característicos de la adolescencia, periodo en el que aumenta la necesidad de integrarse en situaciones sociales más complejas que implican autoestima y competencias emotivo-relacionales (Méndez et al., 2003).

Independientemente de la predisposición genética del ser humano para el desarrollo de miedos evolutivos normales (Plomin & Daniels, 1986; Stein et al. 2002), algunos factores ambientales pueden incidir significativamente sobre los mismos. Así, algunos miedos inicialmente adaptativos pueden llegar a convertirse en crónicos, debido a fenómenos ambientales de refuerzo basados en el modelado, condicionamiento e  información negativa

Según algunos estudios, los hijos de padres con tendencia a ser miedosos (o con trastornos de ansiedad) tienen mayor probabilidad de presentar miedos y sintomatología ansiosa.  Dicha afirmación se relaciona con el aprendizaje por observación o  modelado, según el cual los niños pueden alterar o modelar sus reacciones a un estímulo determinado en función de las reacciones y emociones percibidas en los progenitores ante el mismo.

 En el caso del condicionamiento, se pueden generar miedos o intensificar los previamente existentes debido a la experimentación de situaciones desagradables en determinadas circunstancias. En estos casos existe la posibilidad de que el niño establezca una asociación entre el recuerdo de dichas situaciones y un estímulo determinado (ej. miedo a las alturas – una caída grave o especialmente dolorosa; miedo al ridículo debido a la vivencia previa de una situación social embarazosa).

 Otro mecanismo que puede agravar la intensidad de los miedos es la información negativa que el niño reciba en relación con una situación o estímulo concreto. La capacidad de influencia sobre el menor de la persona que proporciona la información determina la relevancia de la información aportada, es decir, el niño aportará más crédito o se verá más influido por la información obtenida de personas afectivamente relevantes para él.


Cómo gestionar los miedos infantiles

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No ridiculizar sus temores. Debemos evitar que el niño se avergüence de sus miedos, haciéndole entender que todos tenemos miedo a algo y que es posible desarrollar el valor para enfrentarnos a ello. El hecho de que los temores del niño sean ridiculizados no los reduce, únicamente tiene como consecuencia sentimientos de incomprensión o una menor confianza a la hora de expresarse.

No ignorar los miedos. Debemos apoyar al niño en la búsqueda de formas de afrontar el problema, mostrarle comprensión y apoyo con una actitud sensible, aunque realista y objetiva.

No forzar el afrontamiento, pero apoyarlo. Es más aconsejable acompañar al niño en una exposición o acercamiento gradual en lugar de obligarle a enfrentarse a la situación temida de forma brusca, ya que esto podría conducir a que su miedo se haga más intenso.

No dar relevancia excesiva a la reacción pero entenderla. Una excesiva atención o cuidados ante una reacción de miedo pueden condicionarla, aumentando las probabilidades de aparición de reacciones de miedo como forma de conseguir atención por parte de los progenitores y de los demás.

Actuar como modelo. Debemos ser cautelosos en cuanto a nuestras reacciones ante determinadas situaciones-estimulo, ya que el niño podría “imitar” dichas reacciones, dando lugar a la aparición de nuevos miedos o a la intensificación de miedos ya presentes.


¿Cómo saber si es un miedo es normal o patológico?

En la distihiding-1209131_1920nción entre un miedo normal o una fobia se debe valorar la influencia de múltiples factores:

  • edad del niño,
  • naturaleza del objeto temido y circunstancias,
  • intensidad y proporcionalidad de la reacción que genera en el niño,
  • frecuencia y duración,
  • malestar que genera,
  • grado en que altera el funcionamiento en el entorno familiar, social y escolar.

 Criterios “Zero to Three” para la Fobia Específica (220.222)

 Según el Manual Diagnóstico de la primera infancia “Zero to Three” (National Center for Infants, Toddlers and Families 2005) para poder realizar un diagnóstico de fobia específica en los primeros cinco año de vida del niño se necesitan todos los siguientes síntomas:

La presencia o anticipación de un objeto o situación específico evoca un miedo excesivo, irracional, marcado y persistente en el niño.

La exposición al estímulo fóbico invariablemente provoca una respuesta de ansiedad inmediata en el niño, como pánico, llanto, berrinche, bloqueo o aferramiento a otros.

El niño evita la situación u objeto fóbico o presenta ansiedad intensa o malestar cuando el contacto es inevitable. Los padres pueden facilitar la evitación por parte del niño de la situación o estímulo temido.

La evitación, anticipación ansiosa o malestar en la situación temida causa malestar clínicamente significativo o conlleva la evitación de actividades o lugares que el niño asocia con la ansiedad o el miedo. La perturbación altera el funcionamiento del niño o de la familia y/o el desarrollo esperado en el niño.

La ansiedad o evitación fóbica no se puede explicar por criterios diagnósticos DSM-IV-TR para la categoría de Trastorno obsesivo-compulsivo (ej. miedo a la suciedad), trastorno de estrés postraumático (ej. evitación de estímulos asociados con el trauma), trastorno de ansiedad de separación (ej. evitación de la escuela o guardería) o fobia social (ej. evitación de interacciones sociales).

Los síntomas tienen una duración de al menos cuatro meses.

 Criterios DSM-V para la Fobia Especifica (300.29)

 Según el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales DSM-V (APA, 2013) los criterios diagnósticos para la fobia específica a partir de la infancia tardía y en la adultez son los siguientes:

 Miedo o ansiedad intensa por un objeto o situación específica (ej., volar, alturas, animales, administración de una inyección, ver sangre). En los niños el miedo o la ansiedad se puede expresar con llanto, rabietas, quedarse paralizados o aferrarse.

  • El objeto o la situación fóbica casi siempre provoca miedo o ansiedad inmediata.
  • El objeto o la situación fóbica se evita o resiste activamente con miedo o ansiedad intensa.
  • El miedo o la ansiedad es desproporcionado al peligro real que plantea el objeto o situación específica y al contexto sociocultural.
  • El miedo, la ansiedad o la evitación es persistente, y dura típicamente seis o más meses.
  • El miedo, la ansiedad o la evitación causa malestar clínicamente significativo o deterioro en lo social, laboral u otras áreas importantes del funcionamiento.

La alteración no se explica mejor por los síntomas de otro trastorno mental, como el miedo, la ansiedad y la evitación de situaciones asociadas a síntomas tipo pánico u otros síntomas incapacitantes (como en la agorafobia); objetos o situaciones relacionados con obsesiones (como en el trastorno obsesivo-compulsivo); recuerdo de sucesos traumáticos (como en el trastorno de estrés post-traumático); dejar el hogar o separación de las figuras de apego (como en el trastorno de ansiedad por separación);  o situaciones sociales (como en el trastorno de ansiedad social).


Referencias

American Psychiatric Association (2013). Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders, 5th edition, DSM-5. American Psychiatric Publishing.

Báguena, M.J. y Chisbert, M.J. (1998) El género como modulador de la evolución psicológica de los miedos. Análisis y modificación de conducta, 24, 329-451.

Beltrán, S. (2014) Los miedos en la pre-adolescencia y adolescencia y su relación con la autoestima: un análisis por edad y sexo. Revista de Psicología Clínica con Niños y Adolescentes, 1 (1), 27-36.

Caballo, V.E., González, S., Alonso, V., Guillen, J,L., Garrido, L. e Irurtia, M.J. (2006) Los miedos infantiles: Un análisis por edades y sexo. Revista Humanitas,3, 16-22.
King,N.J., Hamilton, D.I. y Ollendick, T.H. (1994) Children’s phobias: a bevahioural perspective. New York: Wiley.

McCabe, R.E., Antony, M.M. y Ollendick, T.H. (2005) Evaluación de las fobias específicas. En V.E. Caballo (Ed) Manual de evaluación de los trastornos de ansiedad (pp.427-445). Madrid: Pirámide.

Méndez,X., Inglés, C.J., Hidalgo, M.D., Garcia-Fernandez, J.M. y Quiles, M.J. (2003) Los miedos en la infancia y la adolescencia: un estudio descriptivo. Revista electrónica de Motivación y Emoción, 6, 13, 4-16.

Pelechano, V. (1981) Miedos infantiles y terapia familiar-natural. Valencia: Alfaplús.

Siegel, D.J. (1999). The developing mind: Toward a neurobiology of interpersonal experience. New York: Guilford Press.

Valiente, R.M., Sandin, B., Chorot, P. y Tabar, A. (2003) Diferencias según la edad en la prevalencia e intensidad de los miedos durante la infancia y la adolescencia: datos basados en el FSSC-R. Psicothema, 15(3), 414-419.

Plomin, R.,&Daniels, D. (1986). Genetics and shyness. InW.H. Jones, J.M. Cheek,& S.R. Briggs (Eds.), Shyness: Perspectives on research and treatment (pp. 63–80). New York: Plenum.

Stein, M.B., Jang, K.L., & Livesley,W.J. (2002). Heritability of social anxiety-related concerns and personality characteristics: A twin study. Journal of Nervous and Mental Disease, 190, 219–224.

Zero to three: National Center for Infants, Toddlers and Families (2005). Diagnostic classification of mental health and developmental disorders of infancy and early childhood: Revised edition (DC: 0-3R). Zero to Three Press, Washington DC.