¿Cuándo empiezan a mentir los niños?

En la infancia como en la edad adulta, mentir puede servir para obtener un beneficio o evitar por ejemplo un castigo.

Pero, ¿Cuándo empiezan a mentir los niños?

El acto de mentir, es decir engañar a alguien falsificando u ocultando algo, necesita de dos competencias: la intencionalidad y la convencionalidad (Talwar y Lee, 2008).

La intencionalidad se refiere a la capacidad de comprender y gestionar el propio estado mental y el del interlocutor. Es decir que, para poder mentir, un niño debe ser capaz de representar y diferenciar los estados mentales propios y los del oyente, hacer afirmaciones apropiadas para ocultar la verdad, mientras que fomenta creencias erróneas en la persona que le escucha.

La convencionalidad se refiere al conocimiento y a la competencia de gestionar las reglas sociales en una conversación. Es decir que un niño, para poder mentir, necesita conocer en qué medida el contexto socio-cultural que le rodea prohíbe o tolera la mentira. En este sentido, aunque en la mayoría de sociedades se rechaza la mentira para ocultar una transgresión en beneficio personal, en algunas culturas se acepta el uso de “mentiras piadosas”, dirigidas a proteger los sentimientos de los demás.


El engaño en la primera infancia

En las investigaciones sobre el uso de la mentira en niños a menudo se utiliza el «paradigma de la resistencia a la tentación». Se trata de una situación experimental en la que un investigador indica al niño que no toque o juegue con un juguete, antes de dejarle solo en la habitación (Lewis et al., 1989; Polak y Harris, 1999; Talwar y Lee, 2002).

Este procedimiento crea una situación natural en la que el niño se encuentra intrínsecamente motivado a mentir, con el fin de conciliar su transgresión, y es similar a situaciones cotidianas en las que los niños pueden presentar mayor probabilidad de mentir en su entorno diario (Newton, Reddy & Bull, 2000; Wilson, Smith y Ross, 2003).

A través del «paradigma de la resistencia a la tentación», distintas investigaciones han demostrado que la mayoría de niños entre 2 y 3 años tiende a confesar su transgresión. Sin embargo, a partir de los 4 o 5 años los niños mienten con mayor frecuencia, tendencia que se mantiene hasta la infancia tardía (Lewis et al., 1989; Li et al., 2011; Polak y Harris, 1999; Talwar y Lee, 2002, 2008, 2011).

Además, conforme los niños se hacen mayores, desarrollan una mayor competencia en los engaños, así como también la capacidad de mantener el engaño ante preguntas. Esta evolución se debe a que, con la edad, se desarrollan funciones ejecutivas como el autocontrol (Talwar y Lee, 2002, 2008), la inhibición, la memoria de trabajo (Carlson et al., 1988, Carlson y Moses, 2001, Hala et al., 2003) y una más sofisticada teoría de la mente (Baron-Cohen, 1995; Talwar et al., 2007).


La teoría de la mente

Para llevar a cabo una mentira es necesario poseer competencias de “Teoría de la Mente” (Baron-Cohen, 1995), es decir la noción de que las personas tienen intenciones, deseos y creencias distintas de las propias, y que actúan conforme a estos (Wellman, 1992).

Cuando un niño o un adulto miente, debe comprender tanto el propio estado mental como el de aquellos que le escuchan, siendo conscientes de que, a través del propio comportamiento, puede conducir al otro a creer/pensar de una manera determinada.

Por otro lado, las convenciones culturales y sociales también juegan un papel importante en el desarrollo del razonamiento moral y el comportamiento desde la infancia temprana (Turiel, 1983; Lee, 2000).

Contar una mentira creíble entonces requiere la creación deliberada de una falsa creencia en la mente del interlocutor.

Decir una mentira sencilla (o de primer orden, de breve duración) es un indicador temprano de teoría de la mente, pudiendo empezar a manifestarse alrededor de los 4 años (Baron-Cohen, 1995; Chandler et al., 1989; Peskin, 1992; Ruffman et al., 1993; Sodian, 1991; Polak & Harris, 1999).

Por otro lado, la capacidad del niño para mantener el engaño (teoría de la mente de segundo orden), suele surgir alrededor de los 6 años, evolucionando hasta la adolescencia (Sullivan et al., 1994; Wimmer & Perner, 1983).

Es decir que a partir de los 6 años los niños se vuelven progresivamente más capaces de hacerse una idea del estado mental ajeno y, como consecuencia, adaptar sus afirmaciones al mantenimiento de una creencia determinada (Polak y Harris, 1999; Talwar y Lee, 2002).

Desarrollo moral y componentes sociales

En los primeros años de vida, los niños presentan menor habilidad para representar estados mentales ajenos a los propios, y carecen de conocimientos suficientes acerca de las convenciones sociales.

Por esta razón los niños pequeños tienden a tomar decisiones menos acertadas acerca del momento o la conveniencia de contar una mentira, así como también presentar mayores dificultades para mentir o mantener el engaño en el tiempo. La comprensión moral y conceptual de la verdad y de la mentira emerge en la etapa preescolar, desarrollándose a lo largo de la infancia (Piaget, 1932; Talwar et al., 2002).

Alrededor de los 3 años la mayoría de los niños tienen un concepto rudimentario de las mentiras elaboradas con propósito antisocial, evaluándolas de manera negativa. Según crecen, los niños empiezan a diferenciar las mentiras antisociales (o malintencionadas), de los errores involuntarios, predicciones, exageraciones, el sarcasmo y la ironía.

También de manera gradual toman en consideración el contexto social en el que se cuenta la mentira y la intención de quien la cuenta. En la adolescencia temprana, la comprensión moral y conceptual acerca de la mentira y del engaño es equiparable al nivel adulto (Talwar y Lee, 2008).

Las mentiras infantiles progresan a través de tres etapas (Polak y Harris, 1999; Talwar et al., 2007).

1. Los “engaños primarios” empiezan alrededor de los 2-3 años, cuando el niño empieza a ser capaz de realizar afirmaciones que no son ciertas. A pesar de que aún no está claro si estas afirmaciones sean una forma de juego o tengan el objetivo de cumplir un engaño genuino, los primeros engaños infantiles a menudo se relacionan con transgresiones de las reglas, evitando ser incriminados, proteger los propios intereses o presentarse a sí mismos de manera más positiva (Newton et al., 2000; Wilson et al., 2003). Esta tendencia al engaño temprano podría ser una forma rudimentaria de engaño intencionado. A pesar de ello, en la primera infancia las mentiras suelen ser una conducta infrecuente (Newton et al., 2000; Wilson et al., 2003) destacándose que a mayoría de los niños tienden a ser honestos y confesar sus transgresiones cuando se lo pregunta un adulto (Lewis et al., 1989; Polak y Harris, 1999; Talwar y Lee, 2002).

2. En el segundo nivel, se refleja un cambio significativo entre los 3 y 4 años de edad (Chandler et al., 1989; Peskin, 1992; Polak y Harris, 1999). Después de los 4 años la mayoría de los niños claramente cuenta mentiras para encubrir sus transgresiones. En esta etapa el niño alcanza la comprensión de las creencias de primer orden, lo cual puede jugar un papel relevante en la transición desde la primera a esta segunda etapa. De manera simultánea, a partir de los 4 años los niños tienen mayor capacidad de regular su comportamiento para parecer honestos (Talwar y Lee, 2002). En esta segunda etapa muchos niños aun tienen dificultad para controlar el aspecto verbal, por lo que los enunciados iniciales tienden a ser inconsistentes con el engaño, haciendo la mentira más fácilmente detectable (Talwar y Lee, 2002). A pesar de que son capaces de elaborar enunciados falsos les resulta muy complicado mantenerlos de manera consistente.

3. El tercer nivel de desarrollo de la mentira se sitúa alrededor de los 7-8 años, cuando el engaño tiende a ser más sofisticado asociado un buen nivel de control verbal. El niño puede contar una mentira deliberadamente y mantener los enunciados siguientes sin contradecirse. La comprensión de creencias de segundo orden puede jugar un papel significativo en la transición del nivel secundario al terciario. Esta comprensión permite coordinar la intencionalidad social (Perner, 1988), por lo que el niño puede razonar acerca de interacciones complejas entre los estados mentales implicados en el mantenimiento de la mentira.


Referencias

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