Reconocimiento de expresiones faciales en niños

El reconocimiento de expresiones faciales es una de las primeras señales que el ser humano utiliza en la comprensión de los sentimientos e intenciones de los demás y se considera esencial para una interacción social exitosa. 

Se trata de un proceso universal que se adquiere de forma natural a partir de la interacción social  (Darwin, 1872; Ekman, 2003). La influencia entre el reconocimiento emocional y la interacción social es recíproca. La interacción social permite ampliar la experiencia con expresiones emocionales y es necesaria para el desarrollo adecuado del reconocimiento de éstas (Leppanen y Nelson, 2006).

Las expresiones faciales son un elemento informativo y los seres humanos han evolucionado para percibirlas y utilizarlas como guía en el comportamiento social. Así somos extremadamente sensibles a las expresiones faciales, incluso desde la infancia temprana (Diamond et al., 1977; Nelson, 1987).

De manera especial en el periodo de la infancia, las expresiones faciales  de las emociones (miedo, ira, asco, sorpresa, alegría y tristeza) son señales sociales muy relevantes, dado que en esta etapa la comunicación verbal tiene aún escaso sentido (Papousek et al., 2002). Por este motivo,  las expresiones faciales afectivas se consideran centrales en la comunicación, apego y aprendizaje social del niño especialmente en los primeros años de vida (Bowlby, 1969, Stern, 1977; Trevarthen, 1977).

Según diversas investigacimother-1039765_1920ones, la descodificación emocional se desarrolla con la edad, mejorando a lo largo de la infancia (Vicari et al., 2000) y adolescencia (Thomas et al., 2007). La trayectoria de desarrollo típico en tareas de reconocimiento facial emocional es además dependiente del tipo de emoción. Entre las seis emociones básicas, la alegría tiende a ser reconocida de manera más temprana, y la sorpresa y el miedo tienden a ser reconocidas en último lugar (Herba and Phillips,2004). Según distintas investigaciones, la felicidad parece ser la emoción más fácilmente identificable a edades tempranas tanto en los casos de niños con desarrollo típico como en niños con alteraciones o dificultades del desarrollo (Rump et al., 2009).

Entre los posibles motivos de su mejor identificación (alegría) se ha conjeturado que se trata de la primera emoción que los niños aprenden a distinguir (Bornstein et al., 2003, Kuchuk et al., 1986) y que puede ser fácilmente reconocida por el movimiento de la boca (Ekman, 2003). En esta dirección se ha demostrado que los bebes miran más tiempo hacia estímulos de caras sonrientes (Wilcox et al., 1968). Como consecuencia las emociones positivas motivan y organizan su acción (Blehar et al., 1977, Cohen et al., 1991) y ayudan a mantener interacciones placenteras entre niños y cuidadores (Barrett, 1993). Todo ello contribuye a la aparición de resultados positivos característicos de un apego seguro (Cohen et al., 1991).

 Los niños con desarrollo típico son capaces de discriminar imágenes estáticas de felicidad, tristeza y sorpresa entre los tres y cuatro meses de edad (Young-Browe et al., 1977; Bowlby, 1969, Kahana et al., 2001; Messinger et al., 1999) y expresiones dinámicas de felicidad e ira a partir de los siete meses (Soken et al., 1992).

A los cuatro años se pueden etiquetar imágenes (exageradas) de felicidad, tristeza e ira,  además los niños empiezan a ser más hábiles en el reconocimiento del miedo y de la sorpresa (Widen et al., 2003).

Mientras alguemotions-371238_1920nas investigaciones sugieren que la habilidad de reconocimiento facial de las emociones alcanza el nivel adulto alrededor de los 10 años (Bruce et al., 2000; Durand et al., 2007; Mondloch et al., 2003) parece que esta depende de la complejidad de la demanda. Aunque a los 10 años los niños son capaces de identificar imágenes emocionales prototípicas como los adultos, algunos estudios indican que aun en la adolescencia pueden aparecer algunas dificultades en la identificación de emociones más sutiles y menos intensas (Herba et al., 2006; Thomas et al., 2007). La capacidad de distinguir emociones más sutiles, junto con la velocidad con que las personas procesan las emociones, continua desarrollándose a lo largo de la adolescencia  (De Sonneville et al., 2002; Thomas et al., 2007) consolidándose según el estilo personal en la etapa adulta.


Referencias

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