Retraso en la adquisición del lenguaje expresivo

El retraso en la adquisición del lenguaje expresivo es una dificultad cuya prevalencia se estima alrededor del 15% en niños de dos años (Horowitz et al., 2003; Reilly et al., 2007). Habitualmente, los niños con desarrollo típico presentan, alrededor de los dos años, un vocabulario expresivo de al menos 50 palabras (Coplan et al., 1982; Paul y Kellogg, 1997, Rescorla, 1989).

Tomando en consideración que el retraso en el lenguaje puede ser indicativo de distintas dificultades del neurodesarrollo, se considera imprescindible una profundización diagnostica que permita descartar dificultades en otras áreas del desarrollo del niño (Buschmann et al., 2008).

El lenguaje es una competencia que se desarrolla principalmente en los primeros dos años de vida y que depende tanto de aspectos neurológicos como sociocognitivos. Según la investigación científica, se pueden establecer cinco etapas en la expresión temprana del lenguaje (Tamis-Le Monda et al., 2001; Bornstein & Haynes, 1998; Fenson et al., 1994; Bloom, 1993):

  • la primera imitación vocal,
  • la primera palabra,
  • las primeras 50 palabras del lenguaje expresivo,
  • el habla combinatoria
  • y la utilización del lenguaje para hablar del pasado.

Además, hay evidencias que indican que la responsividad materna a los nueve y trece meses puede ser predictiva de estas cinco etapas (Tamis-Le Monda et al. 2001). Esto no significa que el comportamiento y las características individuales del niño no sean importantes. Es más, la responsividad materna ocurre en el contexto de la participación en actividades exploratorias y comunicativas. Depende tanto de la madre como de las características específicas del niño.

A pesar de la elevada prevalencia de este tipo de dificultad, las clasificaciones diagnósticas actuales (DSM-5, CIE-11) no incluyen criterios específicos para edades tempranas.

Sin embargo, en la clasificación diagnóstica DC:0-5 (Zero to Three, 2016), sí se incluye una categoría de trastorno del desarrollo del lenguaje, una entidad diagnóstica dirigida a la categorización del retraso en la comunicación (receptiva o expresiva), no relacionada con dificultades sensoriales, condiciones médicas, neurológicas o trastornos del neurodesarrollo.

Según esta clasificación, el trastorno del desarrollo del lenguaje puede tomarse en consideración a partir de los 24 meses de edad, e implica la presencia de dificultades o retrasos consistentes en la adquisición/uso del lenguaje y comunicación en comparación con lo esperable según la edad, pudiéndose presentar:

  • Retraso en la producción de gestos, vocalizaciones, palabras o frases, significativamente por debajo de lo esperable según la edad. Para los niños que ya utilizan algunas palabras, pueden aparecer dificultades en el uso de reglas gramaticales, morfológicas del lenguaje.
  • Retraso en la comprensión de gestos, vocalizaciones, palabras y frases.
  • Dificultad o retraso en el uso del lenguaje para expresar necesidades, relacionar experiencias o mantener una conversación.

Intervención sobre el desarrollo del lenguaje

A pesar del acuerdo general en cuanto a la necesidad de intervención en niños con dificultades persistentes en el lenguaje expresivo en la infancia tardía (Paul, 2000), en el caso del retraso en el lenguaje expresivo se adopta en muchas ocasiones la estrategia de “esperar y ver” dado su relativo buen pronóstico (Paul, 2000; Whitehurst y Fischel, 1994).

Habitualmente, la intervención sobre el lenguaje no suele iniciarse antes de los 4 años (De Langen-Müller y Hielscher-Fastabend, 2007). La justificación principal de esta aproximación es que el desarrollo del lenguaje se produce de manera variable en los niños con desarrollo típico. En muchos casos, y siempre que no se presenten otras dificultades, el retraso en el lenguaje expresivo puede normalizarse entre los 3 y los 5 años (Whitehurst y Fischel, 1994), considerando a los niños con este tipo de dificultades como  “hablantes tardíos” (Paul y Schiffer, 1991; Whitehurst y Fischel, 1994).

A pesar de ello, se ha observado que en una proporción considerable de casos la dificultad no se resuelve de forma espontánea (Paul, 1993; Rescorla et al., 2000a, 2000b, Dale et al., 2003; Roulstone et al., 2003), prevaleciendo un retraso en el lenguaje expresivo (Paul et al., 1991; Thal y Tobias, 1994; Thal et al., 1991).

Por este motivo, algunos estudios han considerado la aparente mejoría de los retrasos en el lenguaje como una “recuperación ilusoria” (Scarborough, 2001, p.22), en tanto existe un riesgo considerable de dificultades asociadas a nivel cognitivo, comportamental, emocional y en el rendimiento académico (Scarborough, 2001; Rescorla, 2000; Toppelberg y Sharpiro, 2000; Johnson et al., 1999; Shevell et al., 2005; Snowling et al., 2006; Horowitz et al., 2003; Irwin et al., 2002; Carter y Briggs-Gowan, 2000; Beitchman et al., 1996; Benasich et al., 1993; Redmond y Rice, 1998).

Los retrasos en el desarrollo del lenguaje se han asociado también con dificultades en el desarrollo de competencias socioemocionales en la primera infancia, ya que las dificultades comunicativas influyen en la interacción con las figuras de apego y con los pares (Fujiki et al., 1996; Sroufe y Rutter, 1984). En este sentido, existen estudios que señalan que los padres de niños con retraso en el lenguaje expresivo perciben a los hijos como más difíciles de manejar, menos atentos, más activos y con menor probabilidad de expresar afectos positivos con respecto a niños sin dificultades lingüísticas (Paul y James, 1990).

Además, la capacidad de expresar necesidades y deseos sirve como herramienta para minimizar experiencias de frustración y aislamiento (Irwin et al., 2002). Las habilidades de lenguaje expresivo facilitan la autorregulación, sirviendo como guía para los comportamientos socialmente apropiados y gobernados por reglas (Luria, 1976).


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