Apego en la adolescencia

En el desarrollo inicial de la teoría del apego, Bowlby (1969/1982) proporciona un marco evolutivo en la explicación del desarrollo normativo y las diferencias sociales, emocionales y comportamentales durante la infancia a partir del estudio del vínculo con los cuidadores en la infancia temprana. Posteriormente, los investigadores han profundizando en la naturaleza, función y evolución del sistema de apego y las representaciones mentales a lo largo del ciclo vital (Allen & Land, 1999; Greenberg et al., 1983; Kobak & Sceery, 1988; Rice, 1990).

Durante la infancia, la función principal del sistema de apego es maximizar la seguridad y protección del niño, que tiene una predisposición natural hacia la búsqueda de proximidad con los cuidadores (Bowlby, 1969/1982). Según las distintas teorías del apego, existe un equilibrio constante entre los comportamientos que buscan reducir el estrés a través de la dependencia o búsqueda del cuidador y comportamientos de exploración, dirigidos a conocer y controlar el entorno (Ainsworth et al., 1978; Baltes & Silverberg, 1994; Bretherton, 1992).

El énfasis en la protección física y proximidad de los cuidadores disminuye a medida que el niño se desarrolla y también en la adolescencia, cuando el nivel de madurez permite a la persona interactuar con el entorno de una manera progresivamente más autónoma (McElhaney et al., 2019). De esta manera, en la infancia tardía y adolescencia, la búsqueda de cercanía y protección se convierte progresivamente en búsqueda de apoyo emocional y “percepción de seguridad” (Allen & Land, 1999; Cummings & Davies, 1996) que, a menudo, se puede alcanzar sin necesidad de una presencia física de la figura de apego.

Según el punto de vista de Bowlby (1980) existe una tendencia a la estabilidad o continuidad en la organización del apego, que mantiene las representaciones mentales a lo largo del ciclo vital (Main & Weston, 1981; Vaughn et al., 1979; Waters, 1978). A pesar de ello, los modelos o representaciones mentales pueden ajustarse o modificarse parcialmente, especialmente cuando se producen discrepancias con las experiencias personales, con la ampliación de los contextos relacionales y la mayor capacidad de reflexión y toma de perspectivas durante la adolescencia (Ainsworth, 1989; Allen et al., 2004; Allen & Land, 1999; Becker-Stoll & Fremmer-Bombik, 1997; Bowlby, 1969; Hamilton, 2000; Kobak & Cole, 1994; Lewis et al., 2000; Main et al., 1985).

apego en la adolescencia

Durante la adolescencia, los jóvenes empiezan a mostrar progresivamente mayor preferencia por relacionarse con sus iguales y pasar menos tiempo con su padres (Dubas & Gerris, 2002; Fraley & Davis, 1997; Larson & Richards, 1989, 1991; Larson et al., 1996; Markiewicz et al, 2006; Montemayor & Brownlee, 1987; Nickerson & Nagle, 2005; Repinski & Zook, 2005).  Este alejamiento de los cuidadores primarios se corresponde con una necesidad evolutiva de apoyo emocional por parte de los iguales, transfiriendo las necesidades de apego desde la familia hacia el grupo de pares, que ejercen como fuente de información, cercanía interpersonal, proporcionan feedback sobre el comportamiento social y se establecen como una nueva figura de referencia para el adolescente (Ainsworth, 1989; Collins & Laursen, 2000; Gavin & Furman, 1989, 1996; Hartup, 1992). A pesar de esta transferencia, el rol de las figuras parentales como base segura se mantiene a lo largo de la adolescencia y etapa adulta (Fraley & Davis, 1997; Markiewicz et al., 2006; Rosenthal & Kobak, 2007; Trinke & Bartholomew, 1997).

Apego y adaptación social

El estilo de apego se ha considerado un predictor del funcionamiento en las relaciones sociales, dada su asociación con la percepción de uno mismo y del entono, competencias de regulación emocional, expresión y gestión emocional, el autoconcepto y la autoestima (McElhaney et al., 2019).

Los modelos internos de apego seguro se han relacionado con expectativas positivas en las relaciones, que sirven de guía para el afecto y el comportamiento dentro de las relaciones (Bowlby, 1989; Furman, 2001; Furman et al., 2002), así como también la capacidad de manejo emocional (Kobak & Sceery, 1998; MacElhaney et al., 2019; Zimmermann et al., 2001).

De esta manera, el estilo de apego seguro se ha relacionado con mayor disposición, claridad y adaptación de la expresión emocional, flexibilidad en el afrontamiento y el comportamiento (Ducharme et al., 2002; Seiffge-Krenke, 2006; Spangler & Zimmermann, 1999; Zimmermann et al., 2001).

Numerosas investigaciones indican relación entre el apego seguro en la adolescencia y distintos índices de funcionamiento adaptativo en la relación con los pares como la calidad de las amistades, la popularidad,  la aceptación social o el nivel de implicación y compromiso en las relaciones (Allen et al., 1998; Bartholomew & Horowitz, 1991; Lieberman et al., 1999; Markiewicz et al., 2001; Zimmermann, 2004). Finalmente, en cuanto a las relaciones románticas, los estilos de apego seguro se han relacionado con una mayor capacidad para la intimidad, confianza, gestión de la cercanía y separación, disposición para expresar ideas, capacidad de reslución de conflictos, cuidado y placer mutuo (Marston et al., 2008; Mayseless & Scharf, 2007; Roisman et al., 2001, 2005; Scharf et al., 2004).

En el estilo inseguro-preocupado se observa una mayor predisposición a la ansiedad sobre el propio desempeño en las relaciones, así como también en cuanto a la disponibilidad de los demás (Bartholomew & Horowitz, 1991; Cooper et al., 1998; McElhaney et al., 2019; Zimmermann, 2004) que pueden derivar en sentimientos de soledad, desconfianza, insatisfacción y estrés en las relaciones cercanas (Larose & Bernier, 2001; Seiffge-Krenke, 2006).

El estilo de apego preocupado se ha relacionado con una emocionalidad tendencialmente negativa, con mayor facilidad para verse sobrepasado por las emociones, menor acceso al propio estado emocional, patrones comportamentales y emocionales más rígidos y estrategias poco adaptativas de manejo del malestar (Larose & Bernier, 2001; Seiffge-Krenke, 2006; Seiffge-Krenke & Beyers, 1995; Spangler & Zimmermann, 1999; Zimmermann, 1999).

En el caso del apego inseguro-evitativo, la omisión defensiva de información y el malestar en las experiencias afectivas se ha relacionado con comunicación distorsionada, expectativas negativas acerca de los demás, rechazo o distanciamiento de los iguales (Larose & Bernier, 2001; Spangler & Zimmermann, 1999). Los adolescentes con estilo evitativo suelen presentar menores competencias, estar más aislados socialmente, y se implican en estrategias de afrontamiento menos centradas en la búsqueda de apoyo (Allen et al., 2002; Fraley & Davis, 1997; Seiffge-Krenke & Beyers, 2005). En cuanto a las relaciones románticas, se han indicado menores niveles de intimidad y cercanía (Collins et al., 2002; Guerrero, 1996; Mayseless & Scharf, 2007)

Apego y comunicación familiar en la adolescencia

Las relaciones de apego seguro entre el adolescente y los padres se han relacionado con una negociación exitosa entre el mantenimiento de la relación y el apoyo en el desarrollo de la autonomía. Los adolescentes y jóvenes con estilo de apego seguro perciben a sus familias como fuente de apoyo, con altos niveles de implicación y promoción de la autonomía (Allen et al., 2003; Harvey & Byrd, 2000; Karavasilis et al., 2003; Kobak & Sceery, 1988) e indican recurrir a sus madres para satisfacer funciones de apego, particularmente en cuanto a la función de base segura (Markiewicz et al., 2006).

El apego seguro también se ha asociado con interacciones con los progenitores caracterizadas por mayor calidez, aceptación, apertura e implicación (Becker -Stoll et al., 2001; Ducharme et al., 2022; Roisman et al., 2001). En el afrontamiento de conflictos con los padres, los adolescentes con apego seguro tienden a gestionarlos implicándose en discusiones productivas y dirigidas a la solución de problemas, que permiten la expresión de opiniones divergentes y simultáneamente presentan esfuerzos para permanecer implicados y conectados en la discusión (Allen et al., 2003, 2004; Allen & Hauser, 1996; Becker-Stoll et al., 1997, 2001; Ducharme et al., 2002) demostrando menores niveles de ira disfuncional, aislamiento y evitación, menor presión y/o ataques personales (Allen et al., 2007; Becker-Stoll et al., 2001). Además, las discusiones incluyen la negociación y el compromiso, de forma que ambas partes tienen la oportunidad de expresar sus pensamientos y sentimientos (Allen et al., 2003; Ducharme et al., 2002).

Los adolescentes con estilos de apego inseguro y sus progenitores pueden presentar mayores dificultades para manejar de forma adaptada los cambios en la relación derivados del desarrollo de la autonomía, el proceso de individuación-separación, la reevaluación de la relación por parte del adolescente, y verse más sobrepasados por la inestabilidad emocional que acompaña al proceso (McElhaney et al., 2019).

Los efectos negativos del apego inseguro sobre el desarrollo de la autonomía dependen de la organización del apego entre los estilos preocupado y evitativo.

Los adolescentes con una organización del apego de estilo preocupado, pueden experimentar dificultades en el proceso de separación-individuación de la familia de origen y el desarrollo de la autonomía, mayor inseguridad y tendencia a la dependencia o sobreimplicación hacia las figuras de apego como estrategia de mantenimiento de la conexión afectiva (Allen & Land, 1999). Las personas con un estilo de apego preocupado tienden a presentar una imagen negativa de sí mismas y una visión de los demás más positiva (Bartholomew & Horowitz, 1991), que puede generar sentimientos de inadecuación, inseguridad y ansiedad en las relaciones interpersonales.

Los adolescentes con un estilo evitativo pueden tender al aislamiento cuando se enfrentan a nuevas demandas sobre su autonomía y, en lugar de reevaluar a las figuras de apego y mantener una conexión positiva, pueden rechazar y/o alejarse de los progenitores (Allen & Land, 1999). Los adolescentes con un apego evitativo, a menudo fracasan en afirmar sus puntos de vista en las discusiones con los padres, que se caracterizan por bajos niveles de implicación y responsividad, con comportamientos que limitan la comunicación abierta, como la ira o el alejamiento afectivo (Becker-Stoll et al., 1997, 2001; Reimer et al., 1996).

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