Trastorno del desarrollo de la coordinación

El trastorno del desarrollo de la coordinación (TDC) es una alteración en el desarrollo de la coordinación y, más en general, de las competencias motoras, que se refleja en la adquisición y ejecución movimientos coordinados, torpeza, lentitud e imprecisión en la ejecución de tareas (APA, 2013; WHO, 2018) .

Esta dificultad interfiere de forma significativa en el aprendizaje y desarrollo de actividades académicas y cotidianas (Henderson & Henderson, 2003; Missiuna & Polatajko, 1995).

En caso de TDC se registra un nivel de desarrollo de la coordinación y, más en general, de la motricidad (gruesa y fina) significativamente inferior al esperado según la edad cronológica y al nivel de desarrollo intelectual del niño, sin una relación directa con déficits sensoriales u otros trastornos neurológicos (APA, 2013).

El TDC es un trastorno heterogéneo, pudiendo aparecer dificultades en la motricidad fina, la motricidad gruesa o ambas (Visser, 2003; Rivard et al., 2011). Independientemente del tipo de competencias que se vean afectadas, el desempeño en tareas motoras suele ser mas lento, menos cuidadoso y variable en comparación con los pares y, por otro lado, puede afectar al correcto desempeño y adquisición de competencias adaptativas como vestirse, comer o atarse los zapatos (Geuze, 2005; Johnston et al., 2002; Lundy-Ekman et al., 1991; Estil, 2002; Piek & Skinner, 1999). Según la literatura científica, los niños pueden presentar distintos niveles de dificultad en la motricidad que se reflejan en competencias motoras poco fluidas y dificultades en el aprendizaje motor (Dewey et al., 2002; Plata y Guerra, 2009).

El TDC es un trastorno heterogéneo, pudiendo aparecer dificultades en la motricidad fina, la motricidad gruesa o ambas (Visser, 2003; Rivard et al., 2011). Independientemente del tipo de competencias que se vean afectadas, el desempeño en tareas motoras suele ser mas lento, menos cuidadoso y variable en comparación con los pares y, por otro lado, puede afectar al correcto desempeño y adquisición de competencias adaptativas como vestirse, comer o atarse los zapatos (Geuze, 2005; Johnston et al., 2002; Lundy-Ekman et al., 1991; Estil, 2002; Piek & Skinner, 1999). Según la literatura científica, los niños pueden presentar distintos niveles de dificultad en la motricidad que se reflejan en competencias motoras poco fluidas y dificultades en el aprendizaje motor (Dewey et al., 2002; Plata y Guerra, 2009).

Dada la hetereogeneidad en cuanto al tipo de dificultad y distintos niveles de gravedad en la presentación del trastorno, resulta esencial un abordaje individualizado para la identificación de los distintos tipos de disfunción que pueden aparecer (O’Hare & Khalid, 2002; Hadders-Algra, 2002; Missiuna, 2003; Mandich et al., 2001), con el fin de planificar una intervención adecuada a las necesidades específicas de forma lo más temprana posible.

El término trastorno del desarrollo de la coortdinación (Developmental Coordination Disorder) hace referencia al síndrome descrito por la OMS en 1992 (ICD-10, WHO, 1992), y se encuentra incluido en los manuales diagnósticos de la APA desde 1989, en los que actualmente se encuentra dentro de la categoría de trastornos del neurodesarrollo (DSM-V, APA, 2013), ya que se trata de una dificultad que aparece desde el inicio del periodo evolutivo.

A lo largo de los años ha recibido distintas denominaciones: síndrome del niño torpe, torpeza motriz, disfunción cerebral mínima, disfunción perceptivo-motriz, dispraxia del desarrollo o disfunción de la integración sensorial (Plata & Guerra, 2009; Gibbs et al., 2007; Magalhaes et al., 2006; Wright et al., 1996). Actualmente, la prevalencia en niños en edad escolar se ha estimado en torno al 2-15% (Lingam et al,m 2009; Gibbs et al., 2007; Missiuna et al., 2008, Tsiotra et al., 2006; Mandich et al., 2001; Wright, 1996; APA, 1994).

trastornod el desarrollo de la coordinación

Trastorno del desarrollo de la coordinación y dificultades comórbidas

El trastorno del desarrollo de la coordinación se ha asociado con la coocurrencia de diversos trastornos del neurodesarrollo (Dewey et al., 2002)

Algunos investigadores han profundizado en el solapamiento entre las dificultades motrices y atencionales, acuñando el termino DAMP (Deficits en la atención, control motor y percepción) (Gillberg y Rasmussen, 1982; Gillberg et al., 1982; Hellgren et al., 1994, Kadesjo & Gillberg, 1998; Landgren et al., 1998).

Otros autores han examinado la comorbilidad entre el TDC y el TDAH (Watemberg et al., 2007; Kadesjo & Gillberg, 1999, 1998, Dewey et al., 2002; Piek & Dyck, 2004; Piek et al.,2004) indicando dificultades más marcadas en la motricidad fina en el caso de TDAH con predominio atencional y en la motricidad gruesa en los niños con diagnóstico de TDAH combinado (Piek et al., 1999).

Por otro lado, otras investigaciones han indicado comorbilidad de dificultades motoras en niños con trastornos específicos del aprendizaje (Dewey et al., 2000; Iversen et al., 2005; Jongmans et al., 2003; Fawcett & Nicholson, 1994, 1995; Gottesman et al., 1984; Nicolson & Fawcett, 1994) y con dificultades del lenguaje (Alloway & Archibald, 2008; Cheng et al., 2009; Gaines & Missiuna, 2007; Webster et al., 2005; Hill, 2001;Dewey & Wall, 1997; Hill, 1998; Hill et al., 1998; Powell & Bishop, 1992).

Las consecuencias a largo plazo a menudo se extienden más allá del dominio motor, generando consecuencias a nivel emocional y comportamental (Green et al., 2009; Missiuna et al., 2009, 2007). Mientras que en algunos casos se ha considerado la posibilidad de que las dificultades en la adquisición de habilidades motrices podían llegar a resolverse a lo largo del desarrollo (Fox & Lent, 199; Sellers, 1995), distintos estudios longitudinales han señalado que, en muchos casos, se mantienen pobres competencias motoras en la adolescencia y etapa adulta (Cantell et al., 2003, 1994; Cousins & Smyth, 2003; Geuze & Börger, 1993; Visser, 2003, 1998; Visser et al., 1998; Hellgren et al., 1993 Loose et al., 1991).

Trastorno del desarrollo de la coordinación

En la infancia temprana, el juego es mayoritariamente motor, y se considera uno de los elementos esenciales en el desarrollo psicosocial (Bundy, 1991), que contribuye a los sentimientos de competencia y autoestima del niño (Rarick y McKee, 1949). Los niños con dificultades motrices tienden a mostrar menor autoestima, especialmente en culturas y entornos en los que la competencia y habilidad física tienen mayor valor (Rose et al., 1997; Schoemaker & Kalverboer, 1994). En estos entornos, los niños con dificultad han indicado menor apoyo por parte de los compañeros y amigos (Rose et al., 1994; Schoemaker & Kalverboer, 1994)

A nivel comportamental y emocional, las investigaciones que han indicado los niños con trastorno del desarrollo de la coordinación pueden presentar menor madurez, dificultades sociales (Ahonen, 1990; Cantell, 1998; Cantell et al., 1994), así como también menor autoestima, ansiedad, síntomas somáticos (Cantell, 1998; Schoemaker & Kalverboer, 1994; Skinner & Piek, 2001) y dificultades conductuales tanto de tipo internalizante como externalizante (Dewey et al., 2002).

Modelos explicativos del Trastorno del desarrollo de la coordinación

La elevada frecuencia de solapamientos entre el diagnostico de TDC con otros trastornos ha llevado a los investigadores a considerar una posible etiología compartida (Kaplan et al., 1998),

Desde los años 60, se han realizado distintas aproximaciones en la investigación sobre sus causas, evolucionando desde el concepto del daño cerebral mínimo (Minimal Brain Discfunction) hasta teorías mas contemporáneas, como la teoría del desarrollo cerebral atípico o la hipótesis del déficit de atención, control motor y percepción (Modelo DAMP). Todos estos enfoques presentan la característica común de atribuir las dificultades motrices a alguna disfunción cerebral que, sin embargo, en la actualidad aún no ha llegado a definirse de forma consensuada (Visser, 2003).

Hipótesis de la disfunción cerebral mínima (MBD) e hipótesis del déficit en la atención, el control motor y la percepción (DAMP)

La hipótesis de la disfunción cerebral mínima, en los años 70 y 80, se refería a la presencia de un problema inespecífico en el funcionamiento cerebral, similar a los daños relacionados con la parálisis cerebral o el retraso mental (Rutter, 1984, Wender, 1978). El modelo agrupa un conjunto de dificultades evolutivas que se consideran relacionados con la disfunción cerebral, como son la torpeza, los déficits atencionales, hiperactividad y trastornos del aprendizaje (Visser, 2003; Clements & Peters, 1962). Sin embargo, este modelo ha sido en ocasiones criticado por su escaso poder explicativo (Kalverboer, 1978).

Siguiendo la misma línea, otros investigadores (Gillberg, 1998; Gillberg & Kadesjö, 1998 )propusieron la hipótesis de una relación entre dificultades atencionales, el TDC y dificultades perceptivas, acuñando el término Déficit de atención, control motor y percepción (DAMP) . Segun este enfoque, las dificultades asociadas con el TDC podrían relacionarse con un trastorno generalizado, que requeriría estudiar el conjunto de los síntomas en lugar de centrarse en distintos trastornos aislados (Gillberg, 1998; Gillberg & Kadesjö, 1998).

Las disfunciones cerebrales halladas en los niños diagnosticados con Disfunción cerebral mínima (MBD) o Déficit de atención, control motor y percepción (DAMP) sugieren una posible alteración de ciertas áreas como el cerebelo o los ganglios basales (Lundy-Ekman et al., 1991), aunque no se ha establecido una relación directa entre estos (Visser, 2003).

La hipótesis del desarrollo cerebral atípico

Otras líneas de investigación, también centradas en la observación de los solapamientos en los diagnósticos de los trastornos del desarrollo, sugiriendo la hipótesis del desarrollo cerebral atípico (Kaplan et al., 1998), que se centra en la alteración general subyacente en el desarrollo que se produce en algunos niños, y que se manifiesta de forma heterogénea en distintos dominios (Gilger & Kaplan, 2001; Kaplan et al., 1998).

El término, no relacionado con un trastorno concreto, fue concebido como un concepto etiológico integrador, que puede ser utilizado en el abordaje de problemas de neurodesarrollo de amplio espectro que han demostrado una comorbilidad elevada en distintos estudios (Dewey et al., 2002).

Según este modelo, las disfunciones cerebrales subyacentes a trastornos como la dislexia, el TDAH o el TDC son difusas, no localizables, e impiden la distinción entre un déficit y el otro en base a la información neurológica (Kaplan et al., 1998).

La sintomatología del TDC, la dislexia y el TDAH se consideran entonces el reflejo de un déficit cerebral llamado desarrollo cerebral atípico. Sin embargo, el establecimiento de una relación entre los problemas de desarrollo y una disfunción cerebral difusa no proporciona una explicación clara de la etiología del TDC y se asemeja a las hipótesis de los años 80 que defendían un daño cerebral mínimo (Visser, 2003). Por otro lado, este modelo ha mostrado limitaciones en la explicación de “casos puros” de dificultad en estudios con TDAH donde si se encontraron anomalías cerebrales localizadas (Filipek et al., 1997; Semrud-Clikeman et al., 2000).

La hipótesis del déficit de la automatización

La hipótesis del déficit de la automatización (Nicolson, Fawcett & Dean, 2001; Fawcett & Nicholson, 1999, 1995, 1992; Nicolson y Fawcett, 1990) tiene su origen en las dificultades motrices detectadas en algunos niños con dislexia. La hipótesis sugiere que los niños con TDC, igual que los niños con dislexia, pueden presentar  dificultad en la automatización de las competencias motrices (Fawcett & Nicolson, 1992; Nicolson & Fawcett, 1993).

Esta hipótesis proporciona un marco para la coexistencia de problemas de desarrollo como son dificultades articulatorias, en la lectura, coordinación y atención, y se ha considerado una teoría que podría resultar de utilidad en la investigación de disfunciones cerebrales en casos comórbidos de TDC, TDAH y dificultades de aprendizaje (Visser, 2003).

Una de las fortalezas de este enfoque es el establecimiento de una relación entre los problemas comportamentales con un área cerebral especifica (el cerebelo), con un papel relevante en el aprendizaje y automatización de competencias (Doyon, 1997; Kandel et al., 2000). La noción de un déficit cerebelar se encuentra en la línea de los “signos blandos” de anomalía neurológica hallados en niños con MBD (Gillberg, 1985) y TDC (Volman & Geuze, 1998a,b). Entre los síntomas neurológicos típicamente asociados con alteración cerebelar se incluye la dismetría (inexactitud en el rango y direccion de movimientos), disdiadocokinesia (patron irregular de movimientos alternantes), movimientos en espejo y contracción coreiforme (forma de temblor en los dedos) (Kandel et al., 2000).


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