Necesidad de pertenencia y soledad: impacto en la salud mental

El deseo de intimidad y cercanía interpersonal es una necesidad inherente al ser humano, que se encuentra presente a lo largo de todo el ciclo vital (Fromm-Reichmann, 1959). Esta necesidad se traduce en un impulso fundamental de pertenecer: de formar y mantener vínculos interpersonales duraderos, positivos y significativos, que afecta profundamente a nuestros pensamientos, emociones y comportamientos (Baumeister & Leary, 2017; Heinrich & Gullone, 2006).

Aunque el deseo de intimidad y cercanía constituye una necesidad universal, su intensidad y la forma en que se satisface varían entre personas (McAdams & Bryant, 1987). La satisfacción de esta necesidad no solo requiere relaciones cercanas, sino también un contexto relacional en el que exista una preocupación recíproca por el bienestar del otro (Baumeister & Leary, 2017).

Cuando una persona percibe que su necesidad de pertenencia no está siendo satisfecha, pueden aparecer sentimientos de privación, soledad, depresión, ansiedad o ira (Baumeister & Leary, 2017; Cacioppo et al., 2000; Chipuer, 2001; Hagerty et al., 1996; Heinrich & Gullone, 2006).

Las relaciones como motor del desarrollo humano

La necesidad de pertenencia tiene una base evolutiva: ha favorecido la supervivencia de nuestra especie al promover vínculos estables, cooperación y apoyo mutuo (Baumeister & Leary, 2017). Esta función adaptativa se refleja a lo largo de todo el ciclo vital, desde la infancia hasta la edad adulta.

Desde la psicología del desarrollo, Erikson (1963) considera las relaciones sociales como el motor del crecimiento psicosocial en cada etapa de la vida. Asimismo, la teoría del apego de Bowlby (1969) destaca la importancia de los vínculos tempranos para proporcionar seguridad emocional y favorecer la exploración del entorno y el desarrollo posterior.

En línea con su función adaptativa, las relaciones también ofrecen el marco en el que se desarrollan habilidades esenciales para la vida en sociedad. El entorno social es esencial para el desarrollo de competencias clave como la comunicación, la regulación emocional, la resolución de conflictos o la reciprocidad (Heinrich & Gullone, 2006). Desde la psicología del desarrollo, Vygotsky (1978) subraya el papel fundamental de la interacción social en el desarrollo de las funciones cognitivas superiores, como el pensamiento abstracto, el lenguaje o la autorregulación. En este sentido, experiencias de pensamiento compartido sostenido (sustained shared thinking), en las que se intercambian ideas, se co-construye significado y se reflexiona de forma conjunta, representan un ejemplo concreto de cómo los vínculos sociales promueven tanto el desarrollo cognitivo como emocional (Siraj-Blatchford et al., 2002). Por ello, cuando existen dificultades en el contacto social, tanto el desarrollo socioemocional como el cognitivo pueden verse comprometidos (Boivin et al., 1995; Erikson, 1963; Heinrich & Gullone, 2006).

A nivel afectivo, las relaciones aportan múltiples beneficios que contribuyen al bienestar psicológico. Weiss (1974) identifica seis funciones clave de los vínculos interpersonales:

  • Apego: seguridad y compromiso emocional.
  • Integración social: sensación de compañerismo y actividades compartidas.
  • Oportunidad de cuidado: sentirse necesario para otros.
  • Autoestima: percepción de competencia y valoración.
  • Confianza: sentido de continuidad y apoyo.
  • Guía: orientación emocional y práctica.

Según el propio Weiss (1973, 1974), es poco probable que una sola relación cubra todas estas funciones al mismo tiempo. Por ello, las personas suelen apoyarse en una red diversa de vínculos que, en conjunto, satisfacen distintas necesidades emocionales, sociales y afectivas. Esta diversidad relacional resulta especialmente importante porque, además de aportar equilibrio, permite adaptarse a los cambios que se producen a lo largo del ciclo vital y en diferentes contextos de la vida.

La experiencia de la soledad

La soledad es una experiencia emocional compleja que surge cuando la persona percibe un desajuste entre sus expectativas de conexión y la realidad de sus relaciones (Asher & Paquette, 2003; Peplau & Perlman, 1982). Aunque se manifiesta emocionalmente, está mediada por procesos cognitivos y subjetivos, ya que depende tanto de factores externos como de la interpretación que la persona hace de sus vínculos (Wheeler et al., 1983). Así, el sentimiento de soledad puede estar determinado tanto por variables objetivas —como la frecuencia del contacto social o el número de relaciones— como por aspectos subjetivos, como el nivel de satisfacción con los vínculos o la percepción de aceptación social (Wheeler et al., 1983).

Aunque en el lenguaje cotidiano se hable de «soledad» como un fenómeno único, desde la psicología se distingue entre dos experiencias diferenciadas: loneliness y aloneness. La primera, loneliness, hace referencia a una soledad no deseada, vivida como una experiencia emocional negativa y acompañada de sentimientos como la tristeza, el vacío o la desesperanza. La segunda, aloneness, describe un estado de estar solo por elección, que no implica sufrimiento y que, en ciertos contextos, puede resultar beneficioso. Esta forma de soledad elegida puede favorecer procesos como la creatividad, la autorreflexión, la regulación emocional o el desarrollo de la identidad (Buchholz & Catton, 1999; Heinrich & Gullone, 2006; Larson, 1999).

soledad

La soledad no deseada es una experiencia emocional común en distintos momentos del ciclo vital, y su vivencia puede variar considerablemente de una persona a otra (Heinrich & Gullone, 2006; Peplau & Perlman, 1982). En muchas ocasiones, no se manifiesta de forma puntual o estática, sino que se desarrolla como un proceso emocional complejo, atravesado por distintas fases internas. Rokach y Brock (1998) proponen un modelo que describe seis etapas en el proceso emocional de la soledad no deseada (loneliness), partiendo del dolor inicial y la negación, seguido de la toma de conciencia del malestar, la búsqueda de causas, el autocuestionamiento, hasta llegar a la aceptación y el afrontamiento.

En términos funcionales, la soledad se ha asociado con menor satisfacción en las interacciones sociales, menor intimidad, aumento de la desconfianza y mayor percepción de conflictos (Hawkley et al., 2003). También se relaciona con una baja competencia social y una percepción más negativa del apoyo social disponible (Crick & Ladd, 1993; Riggio et al., 1993). Estas dificultades pueden afectar el ajuste personal y social, así como el rendimiento académico (Asher & Paquette, 2003; Larson, 1999). Además, se ha vinculado con una menor autoestima (Brage et al., 1993; Hymel et al., 1990) y menor satisfacción vital (Schultz & Moore, 1988; Schumaker et al., 1993).

Cuando la experiencia de soledad no deseada se prolonga en el tiempo o se estanca en sus fases iniciales, puede convertirse en un factor de riesgo psicológico. A pesar de que este tipo de dificultad no se considera un trastorno específico en las clasificaciones diagnósticas como el DSM-5-TR (APA, 2022), se ha vinculado con los trastornos depresivos, la ansiedad social y generalizada, los trastornos del espectro autista, los trastornos de la personalidad (evitativa, esquizoide, límite), el trastorno por estrés postraumático, los trastornos del apego o procesos de duelo complicado (Asher & Paquette, 2003; Boivin et al., 1995; Dill & Anderson, 1999; Koenig & Abrams, 1999).

Referencias

  • Asher, S. R., & Paquette, J. A. (2003). Loneliness and peer relations in childhood. Current directions in psychological science12(3), 75-78.
  • Baumeister, R. F., & Leary, M. R. (2017). The need to belong: Desire for interpersonal attachments as a fundamental human motivation. Interpersonal development, 57-89.
  • Boivin, M., Hymel, S., & Bukowski, W. M. (1995). The roles of social withdrawal, peer rejection, and victimization by peers in predicting loneliness and depressed mood in childhood. Development and psychopathology7(4), 765-785.
  • Brage, D., Meredith, W. M., & Woodward, J. (1993). Correlates of loneliness among Midwestern adolescents. Adolescence28(111), 685-694.
  • Buchholz, E. S., & Catton, R. (1999). Adolescents’ perceptions of aloneness and loneliness. Adolescence34(133), 203-204.
  • Cacioppo, J. T., Berntson, G. G., Sheridan, J. F., & McClintock, M. K. (2000). Multilevel integrative analyses of human behavior: social neuroscience and the complementing nature of social and biological approaches. Psychological bulletin126(6), 829.
  • Chipuer, H. M. (2001). Dyadic attachments and community connectedness: Links with youths’ loneliness experiences. Journal of Community Psychology29(4), 429-446.
  • Crick, N. R., & Ladd, G. W. (1993). Children’s perceptions of their peer experiences: Attributions, loneliness, social anxiety, and social avoidance. Developmental psychology29(2), 244.
  • Dill, J. C., & Anderson, C. A. (1999). Loneliness, shyness, and depression: The etiology and interrelationships of everyday problems in living.
  • Erikson, E. H. (1963). Childhood and society (2nd ed.). W. W. Norton & Company.
  • Fromm-Reichmann, F. (1959). Loneliness. Psychiatry22(1), 1-15.
  • Hagerty, B. M., Williams, R. A., Coyne, J. C., & Early, M. R. (1996). Sense of belonging and indicators of social and psychological functioning. Archives of psychiatric nursing10(4), 235-244.
  • Hawkley, L. C., Burleson, M. H., Berntson, G. G., & Cacioppo, J. T. (2003). Loneliness in everyday life: cardiovascular activity, psychosocial context, and health behaviors. Journal of personality and social psychology85(1), 105.
  • Heinrich, L. M., & Gullone, E. (2006). The clinical significance of loneliness: A literature review. Clinical psychology review26(6), 695-718.
  • Hymel, S., Rubin, K. H., Rowden, L., & LeMare, L. (1990). Children’s peer relationships: longitudinal prediction of internalizing and externaliziing problems from middle to late childhood. Child development61(6), 2004-2021.
  • Koenig, L. J., & Abrams, R. F. (1999). 15| Adolescent Loneliness and Adjustment. Loneliness in childhood and adolescence296.
  • McAdams, D. P., & Bryant, F. B. (1987). Intimacy motivation and subjective mental health in a nationwide sample. Journal of personality55(3), 395-413.
  • Perlman, D., & Peplau, L. A. (1982). Theoretical approaches to loneliness. Loneliness: A sourcebook of current theory, research and therapy36, 123-34.
  • Rokach, A., & Brock, H. (1998). Coping with loneliness. The Journal of psychology132(1), 107-127.
  • Riggio, R. E., Watring, K. P., & Throckmorton, B. (1993). Social skills, social support, and psychosocial adjustment. Personality and individual differences15(3), 275-280.
  • Schultz Jr, N. R., & Moore, D. (1988). Loneliness: Differences across three age levels. Journal of Social and Personal Relationships5(3), 275-284.
  • Schumaker, J. F., Shea, J. D., Monfries, M. M., & Groth-Marnat, G. (1993). Loneliness and life satisfaction in Japan and Australia. The Journal of psychology127(1), 65-71.
  • Siraj-Blatchford, I., Muttock, S., Sylva, K., Gilden, R., & Bell, D. (2002). Researching effective pedagogy in the early years (Vol. 356). London: Department for Education and Skills.
  • Vygotsky, L. S. (1978). Mind in society: The development of higher psychological processes (M. Cole, V. John-Steiner, S. Scribner & E. Souberman, Eds. & Trans.). Harvard University Press.
  • Wheeler, L., Reis, H., & Nezlek, J. B. (1983). Loneliness, social interaction, and sex roles. Journal of Personality and social Psychology45(4), 943.
  • Weiss, R. S. (1973). Loneliness: The experience of emotional and social isolation. MIT Press.
  • Weiss, R. S. (1974). The provisions of social relationships. En Z. Rubin (Ed.), Doing unto others (pp. 17–26). Jossey‑Bass.