Trastorno de pánico

El trastorno de pánico se caracteriza por un malestar intenso, preocupaciones y pensamientos catastróficos asociados a haber sufrido previamente un ataque de pánico. La persona experimenta inquietud, preocupación y pone en marcha comportamientos dirigidos a prevenir, controlar y evitar la aparición de un nuevo episodio de pánico (APA, 2013).

¿Qué es un ataque de pánico?

El ataque de pánico es un episodio en el que la persona experimenta un miedo o malestar intenso y repentino durante algunos minutos, acompañado por la presencia de algunos de los siguientes síntomas (APA, 2013):

  1. Palpitaciones, golpeteo del corazón o aceleración de la frecuencia cardíaca.
  2. Sudoración.
  3. Temblor o sacudidas.
  4. Sensación de dificultad para respirar o asfixia.
  5. Sensación de ahogo.
  6. Dolor o molestias en el tórax.
  7. Náuseas o malestar abdominal.
  8. Sensación de mareo, inestabilidad, aturdimiento o desmayo.
  9. Escalofríos o sensación de calor.
  10. Parestesias (sensación de entumecimiento u hormigueo).
  11. Desrealizacion (sensación de irrealidad) o despersonalización (sensación de separarse de uno mismo).
  12. Miedo a perder el control o de “volverse loco”.
  13. Miedo a morir.

Los ataques de pánico constituyen un síntoma que se presenta de manera frecuente en distintos trastornos emocionales, y en la actualidad no se consideran como una entidad diagnóstica independiente.

A pesar de que existen casos de ataques de pánico en la infancia, la prevalencia general del trastorno de pánico es baja antes de los 14 años (>0,4%), registrándose un incremento gradual en la etapa adolescente, posiblemente en relación con el inicio de la pubertad (Craske et al., 2010). La edad de inicio generalmente suele situarse entre la adolescencia y el inicio de la etapa adulta (Kessler et al., 2005a ).

¿Ataque de pánico o trastorno de pánico?

La alta activación experimentada combinada con la presencia de pensamientos catastróficos y comportamientos de prevención del ataque, permite distinguir entre trastorno de pánico y un ataque de pánico ocasional (Telch et al., 1989).

El diagnóstico de trastorno de pánico requiere de al menos un ataque de pánico seguido de un mes (o más) en el que aparezcan (APA 2013):

  1.  Preocupación o inquietud relacionada con la repetición del ataque o sus consecuencias.
  2.  Cambios significativos en el comportamiento de la persona en relación con el ataque.

El trastorno de pánico se considera uno de los principales trastornos de ansiedad, debido tanto a los elevados niveles de malestar que puede generar, como también a su tendencia a la cronificación (Sandin et al., 2004). Además, se trata de un trastorno que frecuentemente se presenta comórbido con otros trastornos de ansiedad (fobias especificas, fobia social, trastorno de ansiedad generalizada), trastornos depresivos o abuso de sustancias (Kessler et al., 200b; Brown et al., 2001).

Según las clasificaciones diagnósticas actuales (DSM-5, APA 2013), el trastorno de pánico no puede ser diagnosticado en los casos en que aparece como consecuencia del uso de sustancias o cuando exista una condición médica que pueda explicar los síntomas somáticos, entre los que se incluyen el hipotiroidismo, hiperparatiroidismo, disfunciones vestibulares, condiciones cardiopulmonares, etc. (Fava et al., 2010).

También se ha señalado cierta comorbilidad con algunos trastornos de personalidad, principalmente de tipo evitativo y dependiente (Chambless y Renneberg, 1988). A pesar de ello, la relación entre los trastornos de personalidad aún no está clara, ya que algunas investigaciones han indicado la existencia de algunos casos en que las dificultades inicialmente identificadas como trastorno de personalidad han demostrado remisión tras la intervención sobre los síntomas de pánico y agorafobia (Latas et al., 2000; Marchesi et al., 2005; Ozkan y Altindag, 2005).

Factores de riesgo, mantenimiento y cronificación del pánico

Distintas líneas de investigación (Barlow, 1988; Clark, 1986; Ehlers y Margraf, 1989) coinciden en la conceptualización del trastorno de pánico como un miedo adquirido a las sensaciones corporales, especialmente aquellas asociadas con la activación autonómica.

La adquisición de estos temores se ha relacionado con la existencia de cierta predisposición psicológica (temperamento, afectividad negativa, dificultades de regulación emocional) y biológica (umbral sensorial, niveles de activación) como factores de vulnerabilidad. A nivel de disposiciones personales, el llamado “temperamento neurótico” o neuroticismo se ha asociado de manera frecuente una mayor predisposición a la experiencia emocional negativa en respuesta a eventos estresantes y, por ello, un factor de vulnerabilidad para el desarrollo del trastorno de pánico y los trastornos de tipo ansioso en general (Hayward et al., 2000; Schmidt et al., 1997, 1999; Eysenck, 1967; Watson y Clark, 1984; Gray, 1982).

La preocupación por los síntomas de ansiedad o ansiedad centrada en las sensaciones somáticas que algunas personas desarrollan tras experimentar ataques de pánico se ha atribuido a dos factores:

  • Interpretación catastrófica de sensaciones corporales (Clark, 1986).
  • Condicionamiento interoceptivo o miedo condicionado a las señales internas por su asociación con miedo intenso, dolor o malestar (Razran, 1961).

El condicionamiento interoceptivo se relaciona con la asociación de señales corporales de baja intensidad como señales que general una activación autonómica y miedo exagerados a través de procesos de condicionamiento (Bouton, 2001). Es decir, pequeños cambios en el funcionamiento o activación fisiológica conducen a una interpretación estresante para la persona, que genera la reacción de pánico como resultado de asociaciones previas de determinadas señales somáticas con ataques de pánico anteriores.

Algunas investigaciones han considerado la presencia de un estilo de temperamento “sensible a la ansiedad” (Reiss, 1980), en el que se presenta la creencia de que los síntomas de ansiedad pueden llegar a causar consecuencias catastróficas a nivel físico, social y psicológico, más allá del malestar físico experimentado durante un episodio de ansiedad o pánico (Reiss, 1980). Este aspecto se considera especialmente relevante en el trastorno de pánico en tanto supone mayor reactividad ante las sensaciones corporales (Hayward et al., 2000; Maller y Reiss, 1992).

El condicionamiento del miedo, la evitación comportamental y los sesgos en el procesamiento de la información interna y externa se consideran factores que pueden mantener e intensificar los síntomas en este tipo de trastornos.

La ansiedad relacionada con las sensaciones corporales juega un papel central en el mantenimiento de los trastornos de pánico: una vez que la sensación corporal es percibida, la persona experimenta miedo; este miedo influye en la intensificación de las sensaciones, incrementando la sensación de miedo de manera progresiva en un ciclo de influencia mutua, resultando en muchas ocasiones en la aparición de un ataque de pánico (Craske y Barlow, 2008; Craske et al., 1995).

Por un lado, la aprehensión ansiosa (miedo al propio miedo y ansiedad) aumenta la probabilidad de aparición del ataque de pánico, incrementando de manera directa la atención que se dirige a los síntomas corporales asociadas al pánico (Craske y Barlow, 2008). La hipervigilancia hacia las sensaciones corporales supone una de las principales causas de incremento de los síntomas de ansiedad y puede favorecer la extensión de los síntomas a situaciones neutras o que generan un nivel de activación moderado. También la percepción de falta de control sobre la situación y los síntomas o de menores posibilidades de escape puede generar un aumento de los niveles de ansiedad (Maier et al., 1985).

Por otro lado, la propia imposibilidad de predecir o controlar un posible ataque, aumentan los niveles generales de ansiedad generando pensamientos del tipo “Va a volver a ocurrirme” o “no voy a poder hacer nada cuando ocurra”, contribuyendo al aumento tanto del propio miedo como del nivel de activación de la persona.

Trastorno de pánico y agorafobia

Muchas personas con trastorno de pánico a menudo desarrollan comportamientos dirigidos a evitar situaciones temidas, a sentirse más seguros, o a adquirir la sensación de que tienen la posibilidad de poder escapar o evitar el ataque de pánico. Estos comportamientos pueden ir desde la comprobación de posibles vías de escape, permanecer acompañados de una persona de confianza o llevar siempre encima fármacos que les permitan reducir la ansiedad en un momento determinado (Craske y Barlow, 2008)

En cuanto a los comportamientos de seguridad, hay que tener en cuenta que, a pesar de que inicialmente pueden resultar de ayuda en el afrontamiento de algunas situaciones cotidianas y reducir las conductas evitativas, también dificultan la confrontación con las interpretaciones desadaptadas y contribuyen al mantenimiento del trastorno de pánico (Salkovskis et al., 1996; Craske y Barlow, 2008).

Un aspecto relevante de cara al pronóstico e intervención sobre el trastorno de pánico es la presencia de comportamientos de evitación agorafobica, siendo considerado de mayor gravedad en el caso en que ambas dificultades coexistan (Sandin et al., 2006).

La agorafobia se relaciona con la evitación o resistencia al afrontamiento de situaciones de las que la persona piensa que no puede escapar o ser ayudado en caso de ataque de pánico. Además, en caso de un ataque de pánico (pérdida de control emocional, mareos, vómitos, etc.) la persona agorafóbica puede experimentar preocupación y vergüenza por el hecho de ser visto por los demás (Craske y Barlow, 2008).

Algunas investigaciones han señalado una posible relación entre conductas de tipo agorafóbico y la naturaleza del estresor psicosocial que genera los síntomas, señalando una posible relación entre factores sociales o interpersonales y la aparición de la agorafobia misma (Marcaurelle et al., 2003; Shulman et al., 1994; Clum y Knowless, 1991; Echeburua y Corral, 1992).

Referencias

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