El periodo inicial de separación o divorcio de los padres es una situación estresante en cuanto supone una ruptura de un esquema preconcebido acerca de la estructura familiar, que puede llegar a exceder los recursos de comprensión y afrontamiento del individuo.
El estado emocional de los padres condiciona de forma relevante el ajuste de los hijos a la nueva situación familiar, en cuanto pueden transmitir sus estados emocionales a los hijos a menudo de forma involuntaria. Diferentes investigaciones (Yárnoz-Yaben, 2008, 2009 y 2010) han demostrado que existen algunas variables clave en la adaptación al divorcio de los progenitores (e indirectamente de los hijos): la capacidad de perdonar a la ex-pareja, la propia satisfacción vital, el estilo de relación (o de apego) general de la persona y el ejercicio de la coparentalidad.
Desde el punto de vista psicológico, una ruptura amorosa implica un proceso de duelo personal de menor o mayor intensidad que puede conllevar, en los casos más complicados, pensamientos recurrentes y dolorosos sobre lo sucedido. Irse de viaje tras una ruptura amorosa puede ser una buena opción en algunos casos, aunque siempre teniendo en cuenta ciertos aspectos. La ruptura, de la misma forma que un viaje, puede suponer una posibilidad de explorar nuevas opciones, relaciones y aspectos de uno mismo, sacando beneficio del nuevo capítulo de vida que se abre tras el cierre de la relación.
El miedo es una respuesta emocional inicialmente adaptativa, un impulso a actuar, una condición psicológica-biológica de respuesta que surge cuando nos sentimos en peligro. Esta emoción se encuentra presente a lo largo de toda la vida, aunque se tiende a expresar de forma más frecuente en la infancia y la pre-adolescencia. Esto probablemente se relaciona con el hecho de que los niños y los más jóvenes tienen un menor conocimiento del entorno, menos experiencias y esto puede provocar más situaciones en las que experimentar miedos infantiles.
Distintas investigaciones indican que los miedos infantiles normales tienden a disminuir y cambiar a lo largo de la niñez por factores madurativos, debido al aumento de experiencias vividas o por diferentes demandas del ambiente.De esta manera, el tipo de miedo puede variar según la edad: desde miedos a estímulos físicos o desconocidos (ruidos, oscuridad, animales, etc.) a miedos más sociales y característicos de la adolescencia, periodo en el que aumenta la necesidad de integrarse en situaciones sociales más complejas que implican autoestima y competencias emotivo-relacionales.
¿Cómo saber si un miedo es normal o patológico? En la distinción entre un miedo normal o una fobia se debe valorar la influencia de múltiples factores:
• edad del niño • naturaleza del objeto temido y circunstancias • intensidad y proporcionalidad de la reacción que genera en el niño • frecuencia y duración • malestar que genera • grado en que altera el funcionamiento en el entorno familiar, social y escolar.
El Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH) es uno de los trastornos más diagnosticados entre la población infantil en la actualidad. Se trata de un trastorno que aparece en la infancia (antes de los 7 años de edad) y que, tanto según las creencias de la población general como según algunas investigaciones clásicas, remite a lo largo del desarrollo. Sin embargo, revisiones actuales han demostrado que el TDAH es un trastorno que puede identificarse de forma confiable y con una evolución que puede ser previsible también en los adultos.
Algunos de los problemas más comunes con los que puede encontrarse en los adultos con TDAH son los siguientes:
problemas para concentrarse
mala memoria
dificultad para la organización y gestión del tiempo
problemas con las rutinas
falta de disciplina
comportamiento impulsivo
baja autoestima
inquietud interior o ansiedad
impaciencia
baja tolerancia a la frustración
habilidades sociales deficitarias
dificultades para terminar las tareas y sensación de no conseguir objetivos.
Además, el mantenimiento del trastorno o de sintomatología durante la edad adulta constituye un factor de vulnerabilidad en el desarrollo de otros trastornos psicopatológicos.
La resiliencia es un proceso psicológico que implica la capacidad de superar dificultades, recuperándose y fortaleciéndose tras la vivencia de un acontecimiento estresante o traumático. En otras palabras se trata de la “capacidad humana de asumir con flexibilidad situaciones límite y sobreponerse a ellas” (RAE, 2014).
La resiliencia más que un rasgo de personalidad se considera como un estilo de superar y hacer frente a las dificultades de la vida y su eficacia puede variar a lo largo del desarrollo, según las circunstancias vitales del individuo. Distintas investigaciones han subrayado que la persona con un estilo resiliente eficaz tiende a utilizar una serie de estrategias específicas de afrontamiento como la revaluación cognitiva o la solución activa de problemas . Este tipo de persona tiende a un estilo optimista y enérgico, altos niveles de emocionalidad positiva, es más abierta a las experiencias y tiene más confianza en sus habilidades para resolver los conflictos. Todo ello tiene como consecuencia una mayor sensación de bienestar personal y una mayor percepción de autoeficacia .
La habilidad para afrontar los acontecimientos adversos y el estrés se desarrolla a través de la interacción de distintos factores como el temperamento, la inteligencia, el locus de control interno, la familia y contexto de crianza, el apoyo social presente y las características propias de las circunstancias vividas.
Dados los cambios en la sociedad actual, el inicio de la etapa adulta, o al menos la sensación de ser adulto, se está viendo retrasada con respecto a algunos años atrás. Arnett (2000) considera específicamente el periodo comprendido entre los 18 y 25 años, al que denomina adultez emergente. La mayoría de jóvenes de estas edades no consideran haber alcanzado la madurez, sino que se ven a sí mismos aún en el camino hacia la misma, por este motivo, el término adultez emergente parece ser una mejor forma de denominar su experiencia subjetiva además de reflejar el carácter dinámico y cambiante de esta etapa (Arnett, 1997, 1998).
¿Adolescentes o adultos? A nivel social no existe un nombre para identificar el periodo en que se encuentran los jóvenes entre los 18 y 25 años, por lo que a menudo ellos se ven a sí mismos entre la adolescencia y la adultez, sin identificarse del todo con ninguna de esas etapas. Para la mayoría de los jóvenes en los países industrializados esta etapa es una etapa de grandes cambios y relevancia. No se trata simplemente de un breve periodo de transición a los roles adultos, sino un periodo distinto del ciclo vital, caracterizado por el cambio y la valoración de posibilidades en muchas direcciones posibles, tomando decisiones importantes acerca del futuro.
A pesar de que las emociones se consideran disposiciones a la acción que nos permiten adaptarnos al entorno, manejar de manera inadecuada las mismas puede conducirnos al extremo opuesto, es decir, a la desadaptación y al malestar. En función del ambiente y de las características de las situaciones-estímulo, la respuesta generada por una emoción en ocasiones puede o debe ser retrasada, inhibida o modificada con el fin de lograr una respuesta lo más adaptada posible a las circunstancias.
A lo largo de la vida necesitamos aprender a identificar, comprender y gestionar emociones diferentes (primarias y secundarias), intentando mantener un equilibrio entre el bienestar personal, las relaciones sociales y nuestras competencias de adaptación en diferentes contextos socio-culturales.
Un componente fundamental para un buen manejo emocional tanto en los niños como en los adultos es la regulación emocional. La regulación emocional es la competencia para modificar una respuesta emocional en una específica situación-estímulo tanto positiva como negativa, adaptándola a las demandas del entorno y del contexto . A menudo estamos más familiarizados con el intentar disminuir nuestras emociones negativas en situaciones-estímulo específicas evaluadas como tales, ignorando que, en otras ocasiones, necesitaríamos lograr gestionar también la fuerte activación que pueden conllevar las emociones positivas.
El hecho de que un niño aprenda a controlar su conducta y comportarse de forma adecuada requiere una cierta maduración y aprendizaje que empieza ya durante los primeros años de vida en el ambiente familiar: en este contexto el rol de los padres es fundamental por el desarrollo de la regulación emocional. A lo largo de este proceso se hacen patentes las diferencias individuales en la reactividad emocional, motriz, atencional y de autorregulación, influyendo en el temperamento de base de la personalidad en desarrollo.
A lo largo de la infancia el niño aprende a regular progresivamente las características más reactivas de su temperamento, como su emocionalidad, a través de mecanismos de control comportamental basados en la autorregulación, inhibición y elaboración de la propia respuesta comportamental. Dicha capacidad de autorregulación, en su componente más racional es conocida como control voluntario, una competencia que se adquiere en la interacción con el medio y que supone la transición entre una regulación emocional principalmente externa (en la mayoría de los casos dependiente de los padres) a una regulación más interna y autónoma. Diversos estudios subrayan la importancia del rol parental en este proceso, guiando, modelando y corrigiendo el comportamiento de sus hijos.
Uno de los hallazgos más consistentes acerca del papel de los padres en el desarrollo de la regulación es que la calidez y apoyo parental, así como también la expresión de emociones positivas en el hogar y en presencia de los niños se asocian con niveles relativamente bajos de conductas externalizantes o disruptivas.
Psise es un servicio de psicología clínica del desarrollo en Madrid, que se dedica al psicodiagnóstico y a la psicoterapia desde las primeras etapas de la infancia. Nuestro trabajo se fundamenta en identificar potencialidades y dificultades, así como realizar intervenciones dirigidas a la activación de funciones cognitivas y afectivas.
Dr. Iandolo, ¿Cómo de importante es el diagnóstico precoz en psicología?
Detectar una dificultad en sus primeros signos permite planificar la intervención más adecuada para limitar y compensar sus efectos, apuntando a una mejora de la calidad de vida. La detección temprana, incluso en caso de las discapacidades más graves, abre la posibilidad de una intervención precoz capaz. De esta manera se pueden prevenir complicaciones secundarias derivadas del aislamiento y de la falta de integración social.
¿Cómo puede saber un padre que su hijo presenta alguna dificultad?
Los padres son los mejores observadores de la conducta de sus hijos, dado que la mayor parte de las interacciones infantiles tienen lugar en el entorno familiar. Todo padre atento puede observar en qué medida se alcanzan los principales hitos evolutivos, cómo su hijo se comunica y relaciona. Si detecta alguna dificultad es importante que acuda a un experto.
¿Con que terapias trabajan?
Tenemos distintos protocolos, distinguiendo entre intervención temprana, infancia tardía, adolescencia y adultez. Trabajamos mucho la interacción padres-hijos y, con los niños, intervenimos de tal manera que se diviertan. A tal propósito, por ejemplo, utilizamos el test de la Familia de los Osos, un juego y una “ventana” sobre el mundo interior de los más pequeños.
¿Qué ofrece Psise que no ofrezca otro servicio de psicología?
Somos muy cuidadosos en nuestra evaluación psicodiagnóstica, empleando un amplio repertorio de pruebas y escalas de observación, las más actuales a nivel internacional. Detectar y acertar en el diagnóstico es el primer paso para planificar y llevar a cabo terapias útiles y eficaces, donde uno pueda desarrollar su mejor yo.
Giuseppe Iandolo, responsable de Psise
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“Del revés” (Inside Out) narra la historia de una niña llamada Riley desde su nacimiento hasta su traslado a los 11 años desde Minnesota a San Francisco. Se trata de un viaje través de su mundo interior y de todos los cambios que se producen en el mismo a raíz del cambio vital y el proceso de maduración hacia la preadolescencia.
Los protagonistas de esta estupenda película de Pixar son cinco personajes basados en las emociones básicas establecidas en el sistema de Ekman (1972): alegría, tristeza, asco, miedo e ira. Los cinco trabajan a día y noche ayudando a la protagonista a lidiar con los acontecimientos, influyendo en su percepción del mundo a través de sus experiencias y recuerdos.
A lo largo de la película se hace especial hincapié en la relevancia de las emociones tanto en la regulación de nuestra conducta, como en la forma en que nos relacionamos y percibimos nuestro entorno y a los que nos rodean. A pesar que las emociones ocupan el papel protagonista, en la película también se retratan de forma muy imaginativa otros aspectos del mundo interior de la protagonista, como son los recuerdos (y la influencia del tono emocional en la forma en que recordamos los acontecimientos), la personalidad, la memoria a largo plazo, el pensamiento abstracto, la imaginación, los sueños e incluso el subconsciente. Se trata de una película tanto para mayores como para los más pequeños en la que, además de pasar un rato divertido, incluso queda espacio para una lección acerca de los cambios emocionales que se producen a lo largo del desarrollo y la relevancia de las emociones en el funcionamiento de la persona.